U.N.R.
FACULTAD DE PSICOLOGÍA
DESARROLLO HISTÓRICO EPISTEMOLÓGICO DEL SUJETO III A
TRABAJO PRÁCTICO
Cuestión del Mal
J.T.P.: Chiappetta, M. Martes 16:00 a 18:00
Alumno: Stechina, Diego S-1298/0¿La salida del Malestar?
Cuestión del Mal
“…sigo convencido de que el mal existe y que no es una defensa o una actitud de fachada, o el disfraz de una psicosis. Es preciso ir a buscar al mal allí donde arrecia, en el mundo exterior. Aunque es cierto que los ecos que nos llegan están deformados, creo sin embrago que lo que se nos cuenta es lo bastante creíble para que nos mueva a reflexionar.”[1]
Elegí empezar con esta cita del Green por la fuerte impresión que causó en mí. Voy a emprender un recorrido por El malestar en la cultura (Freud 1930) donde el padre del psicoanálisis emprende uno de los más interesantes recorridos teóricos articulando lo pulsional y la cultura; ¿Por qué el psicoanálisis? La sociedad depresiva (Roudinesco 2000) nos muestra el estado de las cosas en la actualidad y como la psicofarmacología aparece como el nuevo pacebo de la época; La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud, ¿Por qué el mal? (Green 1988) desentraña la relación del mal con la perversión, el masoquismo originario, y la desobjetivación; y finalmente El problema económico del masoquismo (Freud 1924) donde se produce el uno de los más exhaustivos pasajes sobre el tema.
El tema que atraviesa a El malestar en la cultura es: el irremediable antagonismo entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura. Al comienzo del texto Freud se pregunta sobre cuales son los límites del yo. Hacia el interior no podemos hablar de límites bien definidos; “…que el yo más bien se continúa hacia dentro, sin frontera tajante, en un ser anímico inconciente que designamos “ello” y al que sirve, por así decir, como fachada…”[2]. En cambio, en relación el mundo exterior la situación es por entera diferente (salvo en el caso del enamoramiento donde el yo y el objeto tienen a confundirse). “Pero hacia fuera, al menos, parece el yo afirmar unas fronteras claras y netas.”[3] Esta diferenciación tajante, para el adulto, entre el yo y el mundo exterior, no fue tal en su infancia. “De tal modo, pues, el yo se desase del mundo exterior. Mejor dicho: originariamente el yo lo contiene todo; más tarde segrega de sí un mundo exterior”[4].
El escrito continúa con una reflexión sobre el fin de la vida. Este no parece ser otro que la felicidad. ¿Pero por qué a los hombres les cuesta tanto obtenerla? Tres son las fuentes del penar humano para Freud: la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regular los vínculos entre los hombres. Las dos primeras fuentes son inevitables. “Nunca dominaremos completamente la naturaleza; nuestro organismo, él mismo parte de ella…”[5]. Lo que nos resulta difícil de entender es la tercera de las fuentes, ¿cómo nosotros mismo pudimos haber creados normas que nos produzcan tantos penares? Detrás de esto podemos sospechar que también se esconda algo de naturaleza invencible, nuestra propia constitución psíquica.
¿Las conquistas culturales traen felicidad a los hombres?[6] Si nos apuran a que respondamos diríamos que sí. ¿Entonces será que no nos sentimos cómodos particularmente en nuestra cultura, e imaginamos que en otra seríamos más felices?. Me pregunto ¿Otras culturas –contemporáneas nuestras o de otros tiempo- hicieron más felices a los hombres?
¿De qué hablamos cuando decimos cultura? “…la palabra ‘cultura’ designa toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres.”[7] Para conseguir este segundo fin, todos debemos contribuir con el sacrificio de nuestras pulsiones. En este punto se asemejan el proceso de la cultura con el desarrollo libidinal del individuo: “La sublimación de las pulsiones es un rasgo particularmente destacado del desarrollo cultural…”[8]
Desde la prehistoria se entrevió la importancia del trabajo en grupo, dentro del grupo familiar se encontraron los primeros colaboradores para el trabajo. Freud se referirá de esta forma a los hechos: “…la convivencia de los seres humanos tuvo un fundamento doble: la compulsión al trabajo, creada por el apremio exterior, y el poder del amor, pues el varón no quería estar privado de la mujer como objeto sexual, y ella no quería separarse del hijo, carne de su carne.”[9] Para mantener el orden de las relaciones establecidas entre los hombres la cultura limita la vida sexual. La elección del individuo genitalmente maduro debe limitarse al individuo de igual condición del sexo contrario; la mayoría de las prácticas sexuales extra-genitales son concebidas como perversiones; llegamos en algunos extremos a solo permitir las relaciones sexuales luego de la unión definitiva e indisoluble entre un hombre y una mujer; no se puede concebir a la sexualidad como fuente autónoma de placer; solo se debe tener relaciones para la reproducción del la especie. “…el resultado de tales medidas limitativas podría ser que los individuos normales… volcaran sin merma todos sus intereses sexuales por los canales que se dejaron abiertos.”[10] Sublimación.
Nuestros vínculos con los demás también se ven perturbados por una inclinación agresiva, la cual lleva a la cultura a un gran esfuerzo y gasto de energía. “… el ser humano no es un ser manso, amable… sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión…”[11] A pesar de que la cultura constantemente intenta eliminar o frenar esta inclinación agresiva no ha conseguido mucho al respecto.[12] Intenta frenar el crimen y los excesos produciendo ella misma crímenes y excesos. Un claro ejemplo de esto son los grupos que piden el aumento de las penas para los delitos –y hasta la pena de muerte- como solución a la violencia y conmoción social que vivimos hoy en día. Un fenómeno particular que Freud llamó narcisismo de las pequeñas diferencias es totalmente vigente hoy en día, en todos los tiempos y a todos los niveles. Este fenómeno cohesiona a los miembros que se identifican con el grupo, volviendo hacia que quedan por fuera del grupo o comunidad toda su hostilidad, ejemplos de discriminación y violencia sobran.
“Puesto que la cultura impone tantos sacrificios no sólo a la sexualidad, sino a la inclinación agresiva del ser humano, comprendemos mejor que los hombres difícilmente se sientan dichosos dentro de ella.”[13]
Podríamos decir que una de las zonas más oscuras del psicoanálisis es la doctrina de las pulsiones. En Más allá del principio de placer (Freud 1920) es la primera vez que junto a la Pulsión de Vida (Eros) podemos encontrar a la Pulsión de Muerte. La acción de ambas conjugadas son las que permiten explicar los fenómenos de la vida. Una parte de esta pulsión podía ser dirigida al mundo exterior en forma de agresión y destrucción; “A la inversa, si estas agresividad hacia afuera fuera limitada, ello no podía menos que traer por consecuencia un incremente de la autodestrucción…”[14] Esta pulsión de agresión es el retoño y el principal subrogado de la pulsión de muerte.
¿De qué medios se vale la cultura para inhibir, para volver inofensiva, para erradicar la agresión? En Pulsiones y destinos de pulsión se designa como uno de los destinos posible la vuelta hacia la persona propia[15]. Una parte del yo que se contrapone como superyó se aparece como conciencia moral, esta ejerce sobre el yo la agresividad que podría haber satisfecho con gusto sobre otros individuos ajenos a él.
“Ahora vemos el nexo entre la renuncia de lo pulsional y la conciencia moral. Originalmente, en efecto, la renuncia de lo pulsional es la consecuencia de la angustia frente a la autoridad externa (…) Es diverso lo que ocurre en el caso de la angustia frente al superyó. Aquí la renuncia de lo pulsional no es suficiente, pues el deseo persiste y no puede esconderse ante el superyó (…) una desdicha que amenaza desde afuera –perdida de amor y castigo de parte de la autoridad externa- se ha trocado en una desdicha interior permanente, la tensión de la conciencia de culpa”[16]
Antes de empezar el recorrido por el texto de Roudinesco –e intentando una conexión entre ambos- me quedo con un interrogante de Freud: “Si el desarrollo cultural presenta tan amplia semejanza con el del individuo y trabaja con los mismos medios, ¿no se está justificado en diagnosticar que muchas culturas –o épocas culturales-, y aun posiblemente la humanidad toda, han devenido neuróticas bajo el influjo de las aspiraciones culturales?”[17]
Roudinesco nos dice: “El sufrimiento psíquico se manifiesta hoy bajo la forma de una depresión.”
[…]
De allí una concepción de la norma y de la patología que reposa sobre un principio intangible: cada individuo tiene el derecho, y por tanto el deber, de no manifestar más su sufrimiento, de no entusiasmarse más por el menor ideal a no ser el del pacifismo o el de la moral humanitaria.”[18]
En las sociedades democráticas del siglo XX se privilegia la normalización, en lugar del conflicto psíquico formador de la subjetividad. La concepción freudiana de un sujeto atormentado por el sexo, la muerte y lo prohibido, es trocada por una concepción más “psicológica” de individuos depresivos que huyen de su inconciente y de cualquier conflicto.
La aparición durante este siglo de los psicotrópicos tuvo influencias notables. Ya no se va a buscar la significación de los síntomas, sino normalizar la conducta y suprimir el dolor y el sufrimiento. ¿Cómo los psicotrópicos combaten el mal-estar en la cultura? Así lo piensa Henri Laborit “¿Por qué estamos contentos de tener psicotrópicos? Porque la sociedad en la que vivimos es insoportable. La gente ya no puede dormir, está angustiada, tiene necesidad de ser tranquilizada, sobre todo en las megápolis”. Los medicamentos son infalibles, siempre responden sin depender de que enfermedad se trate. ¿A caso importa de qué se trata el sufrimiento de ese sujeto? Angustia, agitación, melancolía, o ansiedad da lo mismo. “…hará falta primero tratar la huella visible del mal, luego borrarla y, finalmente, evitar buscar la causa de manera de orientar al paciente hacia una cada vez menos conflictiva y, por tanto, cada vez más depresiva.”[19]
André Green, en el capítulo ¿Por qué el mal? del libro La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud, propone interpretar a la enfermedad psíquica como el mal del alma, una enfermedad del mal. El alma ya no esta más enferma de sexo, sino también de muerte.
¿Cómo se juega la dicotomía entre lo bueno y lo malo, la cuestión del mal en última instancia, en la constitución subjetiva y la formación del yo? “El [el yo] toma en sí, en la medida en que son fuente de placer, los objetos que se le presenta, los introyecta… y, por otro lado, expulsa fuera de sí lo que , en el interior de él mismo, provoca displacer.[20] En La negación Freud afirma que la realidad debe ser reconocida aun si es desagradable. Green le dará un giro interesante a esta idea proponiendo agregando que debe ser reconocida aun si es agradable.
El mal vuelve a resurgir en los análisis ahora bajo la forma del masoquismo originario. Aparece la relación del mal con la perversión. “Tal vez el aparato psíquico deba conformarse con una purga parcial de agresividad, suficiente para permitir la ligazón de la libido erótica en un yo-placer purificado. No obstante, la coexcitación libidinal es responsable de la trasformación del dolor en placer. Freud se debatió con estos dos problemas. En El malestar en la cultura sostiene que la agresividad se vuelve inofensiva porque es ‘introyectada’, remitida al punto mismo de donde partió. Ella es secundariamente ‘capturada’ por el superyó. (…) Me parece que lo importante es, en todo caso, distinguir bien el sadismo del superyó del masoquismo del yo; y el segundo es mucho más oscuro que el primero.”[21] Es más, el masoquismo del yo es más poderoso que el sadismo del superyó.
¿Se puede amar el mal? ¿Qué sería amar el mal? Green nos responde: “Amar el mal es amar detectarlo, designarlo, localizarlo a fin de encontrar materia para exterminarlo, para pensar que una vez vencido y aniquilado el mal, reinará sin rival la felicidad y el Soberano Bien. Ello así, la culpa desaparece, porque las acciones más destructoras son acciones purificadoras. Amar el mal sin remordimientos se funda en la certidumbre de asegurar el triunfo definitivo del bien.”[22] Podemos pensar en hechos como la bomba atómica, eliminación completa de lo que se designaba como mal. ¿El mal se eliminó ese día? ¿Es posible eliminar el mal?
Esto nos abre camino a otro aspecto del mal: la destrucción pura e integral. Mezclada con la pulsión erótica, la libido destructiva, puede producir placer o goce de una manera inteligible. Desmezclada, la libido destructora es inanalizable. Esta desmezcla produce una desobjetilización, se retiran las propiedades de humano, de semejante al otro. Esta situación es inconcebible con el goce sádico que requiere que me identifique con mi otro (alter ego) masoquista. “La malignidad del mal, la que atrae la maldición sobre la cabeza de quienes se hacen culpables de él, ya no es ejercida en vista del placer, sino del alivio de una tensión que busca la descarga; no engendra ya ningún deseo, sino que se consuma en la indiferencia y la insensibilidad de una psique que ha dejado de fantasear para quedar prisionera de una acción desencadenada sea con un método implacable, mecánico, sea un medio del caos que sólo se detiene bajo el fuego cruzado de otra violencia. Ya no es ejercida en nombre de un principio de orden, porque este consiste en reglar relaciones conflictuales, mientras que el desorden que aquí se pone en acto procura la aniquilación de lo que no es él, o el sometimiento total, definitivo, absoluto, de lo que se le opone.”[23] En los genocidios a lo largo de la historia de la humanidad esta “función desobjetalizante” estuvo en juego. Se podía ver en el gueto de Varsovia como los oficiales alemanes caminaban indiferentes sobre una calle llena de cadáveres. El semejante es uno extraño absoluto.
“Si el dolor y displacer pueden dejar de ser advertencias para constituirse, ellos mismos, en metas, el principio de placer queda paralizado, y el guardián de nuestra vida anímica, por así decir, narcotizado.”[24]
Haremos un breve recorrido por El problema económico del masoquimos, para luego terminar el trabajo con algunas reflexiones de Green.
“Volvamos al masoquismo. Se ofrece a nuestra observación en tres figuras: como una condición a la que se sujeta la excitación sexual, como una expresión de la naturaleza femenina y como una norma de la conducta en la vida. De acuerdo con ella, es posible distinguir un masoquismo erógeno, uno femenino y uno moral.”[25] Sin desconocer –y dentro de lo posible- nos referiremos primordialmente al último de la serie.
El masoquismo moral se nos hace notar por haber despejado su vínculo con la sexualidad. No va a interesar que lo inflija una persona amada u otra por demás indiferente. Freud se ve tentado a dejar de lado la libido y limitarse a explorar la vuelta sobre el si-mismo de la pulsión de destrucción desmezclada, pero advierte que algo de erotismo también podemos encontrar en estas prácticas. “Hemos atribuido al superyó la función de la conciencia moral, y reconocido en el sentimiento de culpa la expresión de una tensión entre el yo y el superyó. El yo reacciona con sentimientos de culpa (angustia de la conciencia moral) ante la percepción de que no está a la altura de los reclamos que le dirige su ideal, su superyó.”[26] Pero debemos diferenciar entre la continuación inconciente de la moral y el masoquismo moral. En la segunda quien pide castigo es el yo, el castigo puede venir de parte del superyó o de los poderes que viene de afuera. El sadismo del superyó puede devenir conciente, en cambio el afán masoquista del yo le es oculto para la persona, aunque se lo puede descubrir por su conducta. “Podríamos traducir la expresión ‘sentimiento inconciente de culpa’ por ‘necesidad de ser castigado por un poder parental’ (…) La conciencia moral y la moral misma nacieron por la superación, la desexualización, del complejo de Edipo; mediante el masoquismo moral, la moral es resexualizada, el complejo de Edipo es reanimado, se abre la vía para una regresión de la moral al complejo de Edipo (…) ”[27] De esta forma vemos como el sadismo del superyó y el masoquismo del yo cooperan uno con el otro y provocan las mismas consecuencias: la sofocación de las pulsiones.
Retomamos al texto de Green con la pregunta que dió nombre al capítulo –¿Por qué el mal?- y que el autor trata de responder sobre el final del mismo. “Veo dos respuestas posibles: La primera es el fruto de una desmentida: ‘todo el mal está en el otro, por lo tanto, si elimino al otro, responsable del mal, elimino al mal’. Esta posición paranoica y persecutoria descansa en una idealización de sí, con lo cual conjura la angustia depresiva de reconocerse malo. Así, esta proyección del mal, que, en el extremo, parece absurda, tiene al contrario mucho fundamento si se considera su valor defensivo frente a la amenaza de la melancolía suicida. Esta posición no se descubre solamente en los fenómenos sociales… sino también en ciertas estructuras clínicas que no pueden lugar contra angustias persecutorias internas muy rutilantes…”[28] Vuelve a tomar valor y resignificarse lo antes rescatado del texto de Roudinesco.
La segunda respuesta, la más radical para el autor, trata de responder a ¿por qué el mal es sin por qué? “… porque su razón de ser consiste en proclamar que todo lo que es carece de sentido, no obedece a orden alguno, no persigue ningún fin, depende sólo del poder que se pueda ejercer para imponer su voluntad a los objetos de sus apetitos (…) una concepción del mal no tiene posibilidades de reflejar la realidad salvo a condición de incluirse en una teoría de la intricación y de la desintricación de las pulsiones (…) En realidad, creo que sería más certero suponer que el Eros es compatible con la ligazón y la desligazón imbrincadas o alternadas, pero que las pulsiones de destrucción son pura desligazón. Así, decir el Mal sin por qué es afirmar que es desligazón integral, y por eso no-sentido total, fuerza pura. Tal es el sentido de esta destrucción del sentido que afirma que el Bien es un no-sentido.”[29]
Constantemente somos testigos de cómo “religiones” o “filosofías” de vida intentan destruir el mal, como intentan atribuirle un sentido. Luego de la lectura de Green pienso que el primer caso responde a la “desmentida”, a una posición paranoica. En cambio la segunda trata de “mezclar”, de “ligar”, algo de eso pulsional que no para de empujar e imponerse. El sentido de la vida puede ser este, constantemente combatir el mal, imposible será erradicarlo.
Bibliografía
* Freud, S., El malestar en la cultura, Amorrortu ediciones, T.XXI
* Roudinesco, E. ¿Por qué el psicoanálisis? La sociedad depresiva, Paidos
* Green, A., La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud ¿Por qué el mal?, Amorrurtu editores
* Freud, S., El problema económico del masoquismo, Amorrortu editores, T.XIX
[1] Green, A., La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud, Amorrortu editores, pág. 204.
[2] Freud, S., El malestar en la cultura, Amorrortu ediciones, T.XXI, pág. 67.
[3] Idem.
[4] Idem., pág. 68.
[5] Idem., pág. 85
[6] N.d.A: el aporte de Roudinesco, analizando la psicofarmacología, me parece brillante. Más adelante volveremos sobre él.
[7] Freud, S., El porvenir de una ilusión, Amorrortu editores, T.XXI, pág. 6.
[8] Freud, S., El malestar en la cultura, Amorrortu ediciones, T.XXI, pág. 95
[9] Idem. pág. 99.
[10] Idem., pág. 102
[11] Idem., pág. 108
[12] N.d.A: Va ser por demás interesante el trabajo de Green al respecto del tema.
[13] Freud, S., El malestar en la cultura, Amorrortu ediciones, T.XXI, pág. 111
[14] Idem., pág. 115
[15] Freud, S., Pulsiones y destinos de pulsión, Amorrortu ediciones, T.XIV, pág 122
[16] Freud, S., El malestar en la cultura, Amorrortu ediciones, T.XXI, pág. 123
[17] Idem. pág. 139
[18] Roudinesco, E. ¿Por qué el psicoanálisis? La sociedad depresiva, Paidos, pág. 15 y 17.
[19] Roudinesco, E. ¿Por qué el psicoanálisis? La sociedad depresiva, Paidos, pág. 35.
[20] Gallimard, Métapsychologie, 1968, pág. 37
[21] Green, A., La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud ¿Por qué el mal?, Amorrurtu editores, pág. 189
[22] Idem. pág. 196
[23] Green, A., La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud ¿Por qué el mal?, Amorrurtu editores, pág. 203
[24] Freud, S., El problema económico del masoquismo, Amorrortu editores, T.XIX, pág. 165
[25] Idem. pág. 167
[26] Idem. pág. 172
[27] Freud, S., El problema económico del masoquismo, Amorrortu editores, T.XIX, pág. 175
[28] Green, A., La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud ¿Por qué el mal?, Amorrurtu editores, pág. 208
[29] Idem. pág. 209 y 210
FACULTAD DE PSICOLOGÍA
DESARROLLO HISTÓRICO EPISTEMOLÓGICO DEL SUJETO III A
TRABAJO PRÁCTICO
Cuestión del Mal
J.T.P.: Chiappetta, M. Martes 16:00 a 18:00
Alumno: Stechina, Diego S-1298/0¿La salida del Malestar?
Cuestión del Mal
“…sigo convencido de que el mal existe y que no es una defensa o una actitud de fachada, o el disfraz de una psicosis. Es preciso ir a buscar al mal allí donde arrecia, en el mundo exterior. Aunque es cierto que los ecos que nos llegan están deformados, creo sin embrago que lo que se nos cuenta es lo bastante creíble para que nos mueva a reflexionar.”[1]
Elegí empezar con esta cita del Green por la fuerte impresión que causó en mí. Voy a emprender un recorrido por El malestar en la cultura (Freud 1930) donde el padre del psicoanálisis emprende uno de los más interesantes recorridos teóricos articulando lo pulsional y la cultura; ¿Por qué el psicoanálisis? La sociedad depresiva (Roudinesco 2000) nos muestra el estado de las cosas en la actualidad y como la psicofarmacología aparece como el nuevo pacebo de la época; La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud, ¿Por qué el mal? (Green 1988) desentraña la relación del mal con la perversión, el masoquismo originario, y la desobjetivación; y finalmente El problema económico del masoquismo (Freud 1924) donde se produce el uno de los más exhaustivos pasajes sobre el tema.
El tema que atraviesa a El malestar en la cultura es: el irremediable antagonismo entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura. Al comienzo del texto Freud se pregunta sobre cuales son los límites del yo. Hacia el interior no podemos hablar de límites bien definidos; “…que el yo más bien se continúa hacia dentro, sin frontera tajante, en un ser anímico inconciente que designamos “ello” y al que sirve, por así decir, como fachada…”[2]. En cambio, en relación el mundo exterior la situación es por entera diferente (salvo en el caso del enamoramiento donde el yo y el objeto tienen a confundirse). “Pero hacia fuera, al menos, parece el yo afirmar unas fronteras claras y netas.”[3] Esta diferenciación tajante, para el adulto, entre el yo y el mundo exterior, no fue tal en su infancia. “De tal modo, pues, el yo se desase del mundo exterior. Mejor dicho: originariamente el yo lo contiene todo; más tarde segrega de sí un mundo exterior”[4].
El escrito continúa con una reflexión sobre el fin de la vida. Este no parece ser otro que la felicidad. ¿Pero por qué a los hombres les cuesta tanto obtenerla? Tres son las fuentes del penar humano para Freud: la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regular los vínculos entre los hombres. Las dos primeras fuentes son inevitables. “Nunca dominaremos completamente la naturaleza; nuestro organismo, él mismo parte de ella…”[5]. Lo que nos resulta difícil de entender es la tercera de las fuentes, ¿cómo nosotros mismo pudimos haber creados normas que nos produzcan tantos penares? Detrás de esto podemos sospechar que también se esconda algo de naturaleza invencible, nuestra propia constitución psíquica.
¿Las conquistas culturales traen felicidad a los hombres?[6] Si nos apuran a que respondamos diríamos que sí. ¿Entonces será que no nos sentimos cómodos particularmente en nuestra cultura, e imaginamos que en otra seríamos más felices?. Me pregunto ¿Otras culturas –contemporáneas nuestras o de otros tiempo- hicieron más felices a los hombres?
¿De qué hablamos cuando decimos cultura? “…la palabra ‘cultura’ designa toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres.”[7] Para conseguir este segundo fin, todos debemos contribuir con el sacrificio de nuestras pulsiones. En este punto se asemejan el proceso de la cultura con el desarrollo libidinal del individuo: “La sublimación de las pulsiones es un rasgo particularmente destacado del desarrollo cultural…”[8]
Desde la prehistoria se entrevió la importancia del trabajo en grupo, dentro del grupo familiar se encontraron los primeros colaboradores para el trabajo. Freud se referirá de esta forma a los hechos: “…la convivencia de los seres humanos tuvo un fundamento doble: la compulsión al trabajo, creada por el apremio exterior, y el poder del amor, pues el varón no quería estar privado de la mujer como objeto sexual, y ella no quería separarse del hijo, carne de su carne.”[9] Para mantener el orden de las relaciones establecidas entre los hombres la cultura limita la vida sexual. La elección del individuo genitalmente maduro debe limitarse al individuo de igual condición del sexo contrario; la mayoría de las prácticas sexuales extra-genitales son concebidas como perversiones; llegamos en algunos extremos a solo permitir las relaciones sexuales luego de la unión definitiva e indisoluble entre un hombre y una mujer; no se puede concebir a la sexualidad como fuente autónoma de placer; solo se debe tener relaciones para la reproducción del la especie. “…el resultado de tales medidas limitativas podría ser que los individuos normales… volcaran sin merma todos sus intereses sexuales por los canales que se dejaron abiertos.”[10] Sublimación.
Nuestros vínculos con los demás también se ven perturbados por una inclinación agresiva, la cual lleva a la cultura a un gran esfuerzo y gasto de energía. “… el ser humano no es un ser manso, amable… sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión…”[11] A pesar de que la cultura constantemente intenta eliminar o frenar esta inclinación agresiva no ha conseguido mucho al respecto.[12] Intenta frenar el crimen y los excesos produciendo ella misma crímenes y excesos. Un claro ejemplo de esto son los grupos que piden el aumento de las penas para los delitos –y hasta la pena de muerte- como solución a la violencia y conmoción social que vivimos hoy en día. Un fenómeno particular que Freud llamó narcisismo de las pequeñas diferencias es totalmente vigente hoy en día, en todos los tiempos y a todos los niveles. Este fenómeno cohesiona a los miembros que se identifican con el grupo, volviendo hacia que quedan por fuera del grupo o comunidad toda su hostilidad, ejemplos de discriminación y violencia sobran.
“Puesto que la cultura impone tantos sacrificios no sólo a la sexualidad, sino a la inclinación agresiva del ser humano, comprendemos mejor que los hombres difícilmente se sientan dichosos dentro de ella.”[13]
Podríamos decir que una de las zonas más oscuras del psicoanálisis es la doctrina de las pulsiones. En Más allá del principio de placer (Freud 1920) es la primera vez que junto a la Pulsión de Vida (Eros) podemos encontrar a la Pulsión de Muerte. La acción de ambas conjugadas son las que permiten explicar los fenómenos de la vida. Una parte de esta pulsión podía ser dirigida al mundo exterior en forma de agresión y destrucción; “A la inversa, si estas agresividad hacia afuera fuera limitada, ello no podía menos que traer por consecuencia un incremente de la autodestrucción…”[14] Esta pulsión de agresión es el retoño y el principal subrogado de la pulsión de muerte.
¿De qué medios se vale la cultura para inhibir, para volver inofensiva, para erradicar la agresión? En Pulsiones y destinos de pulsión se designa como uno de los destinos posible la vuelta hacia la persona propia[15]. Una parte del yo que se contrapone como superyó se aparece como conciencia moral, esta ejerce sobre el yo la agresividad que podría haber satisfecho con gusto sobre otros individuos ajenos a él.
“Ahora vemos el nexo entre la renuncia de lo pulsional y la conciencia moral. Originalmente, en efecto, la renuncia de lo pulsional es la consecuencia de la angustia frente a la autoridad externa (…) Es diverso lo que ocurre en el caso de la angustia frente al superyó. Aquí la renuncia de lo pulsional no es suficiente, pues el deseo persiste y no puede esconderse ante el superyó (…) una desdicha que amenaza desde afuera –perdida de amor y castigo de parte de la autoridad externa- se ha trocado en una desdicha interior permanente, la tensión de la conciencia de culpa”[16]
Antes de empezar el recorrido por el texto de Roudinesco –e intentando una conexión entre ambos- me quedo con un interrogante de Freud: “Si el desarrollo cultural presenta tan amplia semejanza con el del individuo y trabaja con los mismos medios, ¿no se está justificado en diagnosticar que muchas culturas –o épocas culturales-, y aun posiblemente la humanidad toda, han devenido neuróticas bajo el influjo de las aspiraciones culturales?”[17]
Roudinesco nos dice: “El sufrimiento psíquico se manifiesta hoy bajo la forma de una depresión.”
[…]
De allí una concepción de la norma y de la patología que reposa sobre un principio intangible: cada individuo tiene el derecho, y por tanto el deber, de no manifestar más su sufrimiento, de no entusiasmarse más por el menor ideal a no ser el del pacifismo o el de la moral humanitaria.”[18]
En las sociedades democráticas del siglo XX se privilegia la normalización, en lugar del conflicto psíquico formador de la subjetividad. La concepción freudiana de un sujeto atormentado por el sexo, la muerte y lo prohibido, es trocada por una concepción más “psicológica” de individuos depresivos que huyen de su inconciente y de cualquier conflicto.
La aparición durante este siglo de los psicotrópicos tuvo influencias notables. Ya no se va a buscar la significación de los síntomas, sino normalizar la conducta y suprimir el dolor y el sufrimiento. ¿Cómo los psicotrópicos combaten el mal-estar en la cultura? Así lo piensa Henri Laborit “¿Por qué estamos contentos de tener psicotrópicos? Porque la sociedad en la que vivimos es insoportable. La gente ya no puede dormir, está angustiada, tiene necesidad de ser tranquilizada, sobre todo en las megápolis”. Los medicamentos son infalibles, siempre responden sin depender de que enfermedad se trate. ¿A caso importa de qué se trata el sufrimiento de ese sujeto? Angustia, agitación, melancolía, o ansiedad da lo mismo. “…hará falta primero tratar la huella visible del mal, luego borrarla y, finalmente, evitar buscar la causa de manera de orientar al paciente hacia una cada vez menos conflictiva y, por tanto, cada vez más depresiva.”[19]
André Green, en el capítulo ¿Por qué el mal? del libro La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud, propone interpretar a la enfermedad psíquica como el mal del alma, una enfermedad del mal. El alma ya no esta más enferma de sexo, sino también de muerte.
¿Cómo se juega la dicotomía entre lo bueno y lo malo, la cuestión del mal en última instancia, en la constitución subjetiva y la formación del yo? “El [el yo] toma en sí, en la medida en que son fuente de placer, los objetos que se le presenta, los introyecta… y, por otro lado, expulsa fuera de sí lo que , en el interior de él mismo, provoca displacer.[20] En La negación Freud afirma que la realidad debe ser reconocida aun si es desagradable. Green le dará un giro interesante a esta idea proponiendo agregando que debe ser reconocida aun si es agradable.
El mal vuelve a resurgir en los análisis ahora bajo la forma del masoquismo originario. Aparece la relación del mal con la perversión. “Tal vez el aparato psíquico deba conformarse con una purga parcial de agresividad, suficiente para permitir la ligazón de la libido erótica en un yo-placer purificado. No obstante, la coexcitación libidinal es responsable de la trasformación del dolor en placer. Freud se debatió con estos dos problemas. En El malestar en la cultura sostiene que la agresividad se vuelve inofensiva porque es ‘introyectada’, remitida al punto mismo de donde partió. Ella es secundariamente ‘capturada’ por el superyó. (…) Me parece que lo importante es, en todo caso, distinguir bien el sadismo del superyó del masoquismo del yo; y el segundo es mucho más oscuro que el primero.”[21] Es más, el masoquismo del yo es más poderoso que el sadismo del superyó.
¿Se puede amar el mal? ¿Qué sería amar el mal? Green nos responde: “Amar el mal es amar detectarlo, designarlo, localizarlo a fin de encontrar materia para exterminarlo, para pensar que una vez vencido y aniquilado el mal, reinará sin rival la felicidad y el Soberano Bien. Ello así, la culpa desaparece, porque las acciones más destructoras son acciones purificadoras. Amar el mal sin remordimientos se funda en la certidumbre de asegurar el triunfo definitivo del bien.”[22] Podemos pensar en hechos como la bomba atómica, eliminación completa de lo que se designaba como mal. ¿El mal se eliminó ese día? ¿Es posible eliminar el mal?
Esto nos abre camino a otro aspecto del mal: la destrucción pura e integral. Mezclada con la pulsión erótica, la libido destructiva, puede producir placer o goce de una manera inteligible. Desmezclada, la libido destructora es inanalizable. Esta desmezcla produce una desobjetilización, se retiran las propiedades de humano, de semejante al otro. Esta situación es inconcebible con el goce sádico que requiere que me identifique con mi otro (alter ego) masoquista. “La malignidad del mal, la que atrae la maldición sobre la cabeza de quienes se hacen culpables de él, ya no es ejercida en vista del placer, sino del alivio de una tensión que busca la descarga; no engendra ya ningún deseo, sino que se consuma en la indiferencia y la insensibilidad de una psique que ha dejado de fantasear para quedar prisionera de una acción desencadenada sea con un método implacable, mecánico, sea un medio del caos que sólo se detiene bajo el fuego cruzado de otra violencia. Ya no es ejercida en nombre de un principio de orden, porque este consiste en reglar relaciones conflictuales, mientras que el desorden que aquí se pone en acto procura la aniquilación de lo que no es él, o el sometimiento total, definitivo, absoluto, de lo que se le opone.”[23] En los genocidios a lo largo de la historia de la humanidad esta “función desobjetalizante” estuvo en juego. Se podía ver en el gueto de Varsovia como los oficiales alemanes caminaban indiferentes sobre una calle llena de cadáveres. El semejante es uno extraño absoluto.
“Si el dolor y displacer pueden dejar de ser advertencias para constituirse, ellos mismos, en metas, el principio de placer queda paralizado, y el guardián de nuestra vida anímica, por así decir, narcotizado.”[24]
Haremos un breve recorrido por El problema económico del masoquimos, para luego terminar el trabajo con algunas reflexiones de Green.
“Volvamos al masoquismo. Se ofrece a nuestra observación en tres figuras: como una condición a la que se sujeta la excitación sexual, como una expresión de la naturaleza femenina y como una norma de la conducta en la vida. De acuerdo con ella, es posible distinguir un masoquismo erógeno, uno femenino y uno moral.”[25] Sin desconocer –y dentro de lo posible- nos referiremos primordialmente al último de la serie.
El masoquismo moral se nos hace notar por haber despejado su vínculo con la sexualidad. No va a interesar que lo inflija una persona amada u otra por demás indiferente. Freud se ve tentado a dejar de lado la libido y limitarse a explorar la vuelta sobre el si-mismo de la pulsión de destrucción desmezclada, pero advierte que algo de erotismo también podemos encontrar en estas prácticas. “Hemos atribuido al superyó la función de la conciencia moral, y reconocido en el sentimiento de culpa la expresión de una tensión entre el yo y el superyó. El yo reacciona con sentimientos de culpa (angustia de la conciencia moral) ante la percepción de que no está a la altura de los reclamos que le dirige su ideal, su superyó.”[26] Pero debemos diferenciar entre la continuación inconciente de la moral y el masoquismo moral. En la segunda quien pide castigo es el yo, el castigo puede venir de parte del superyó o de los poderes que viene de afuera. El sadismo del superyó puede devenir conciente, en cambio el afán masoquista del yo le es oculto para la persona, aunque se lo puede descubrir por su conducta. “Podríamos traducir la expresión ‘sentimiento inconciente de culpa’ por ‘necesidad de ser castigado por un poder parental’ (…) La conciencia moral y la moral misma nacieron por la superación, la desexualización, del complejo de Edipo; mediante el masoquismo moral, la moral es resexualizada, el complejo de Edipo es reanimado, se abre la vía para una regresión de la moral al complejo de Edipo (…) ”[27] De esta forma vemos como el sadismo del superyó y el masoquismo del yo cooperan uno con el otro y provocan las mismas consecuencias: la sofocación de las pulsiones.
Retomamos al texto de Green con la pregunta que dió nombre al capítulo –¿Por qué el mal?- y que el autor trata de responder sobre el final del mismo. “Veo dos respuestas posibles: La primera es el fruto de una desmentida: ‘todo el mal está en el otro, por lo tanto, si elimino al otro, responsable del mal, elimino al mal’. Esta posición paranoica y persecutoria descansa en una idealización de sí, con lo cual conjura la angustia depresiva de reconocerse malo. Así, esta proyección del mal, que, en el extremo, parece absurda, tiene al contrario mucho fundamento si se considera su valor defensivo frente a la amenaza de la melancolía suicida. Esta posición no se descubre solamente en los fenómenos sociales… sino también en ciertas estructuras clínicas que no pueden lugar contra angustias persecutorias internas muy rutilantes…”[28] Vuelve a tomar valor y resignificarse lo antes rescatado del texto de Roudinesco.
La segunda respuesta, la más radical para el autor, trata de responder a ¿por qué el mal es sin por qué? “… porque su razón de ser consiste en proclamar que todo lo que es carece de sentido, no obedece a orden alguno, no persigue ningún fin, depende sólo del poder que se pueda ejercer para imponer su voluntad a los objetos de sus apetitos (…) una concepción del mal no tiene posibilidades de reflejar la realidad salvo a condición de incluirse en una teoría de la intricación y de la desintricación de las pulsiones (…) En realidad, creo que sería más certero suponer que el Eros es compatible con la ligazón y la desligazón imbrincadas o alternadas, pero que las pulsiones de destrucción son pura desligazón. Así, decir el Mal sin por qué es afirmar que es desligazón integral, y por eso no-sentido total, fuerza pura. Tal es el sentido de esta destrucción del sentido que afirma que el Bien es un no-sentido.”[29]
Constantemente somos testigos de cómo “religiones” o “filosofías” de vida intentan destruir el mal, como intentan atribuirle un sentido. Luego de la lectura de Green pienso que el primer caso responde a la “desmentida”, a una posición paranoica. En cambio la segunda trata de “mezclar”, de “ligar”, algo de eso pulsional que no para de empujar e imponerse. El sentido de la vida puede ser este, constantemente combatir el mal, imposible será erradicarlo.
Bibliografía
* Freud, S., El malestar en la cultura, Amorrortu ediciones, T.XXI
* Roudinesco, E. ¿Por qué el psicoanálisis? La sociedad depresiva, Paidos
* Green, A., La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud ¿Por qué el mal?, Amorrurtu editores
* Freud, S., El problema económico del masoquismo, Amorrortu editores, T.XIX
[1] Green, A., La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud, Amorrortu editores, pág. 204.
[2] Freud, S., El malestar en la cultura, Amorrortu ediciones, T.XXI, pág. 67.
[3] Idem.
[4] Idem., pág. 68.
[5] Idem., pág. 85
[6] N.d.A: el aporte de Roudinesco, analizando la psicofarmacología, me parece brillante. Más adelante volveremos sobre él.
[7] Freud, S., El porvenir de una ilusión, Amorrortu editores, T.XXI, pág. 6.
[8] Freud, S., El malestar en la cultura, Amorrortu ediciones, T.XXI, pág. 95
[9] Idem. pág. 99.
[10] Idem., pág. 102
[11] Idem., pág. 108
[12] N.d.A: Va ser por demás interesante el trabajo de Green al respecto del tema.
[13] Freud, S., El malestar en la cultura, Amorrortu ediciones, T.XXI, pág. 111
[14] Idem., pág. 115
[15] Freud, S., Pulsiones y destinos de pulsión, Amorrortu ediciones, T.XIV, pág 122
[16] Freud, S., El malestar en la cultura, Amorrortu ediciones, T.XXI, pág. 123
[17] Idem. pág. 139
[18] Roudinesco, E. ¿Por qué el psicoanálisis? La sociedad depresiva, Paidos, pág. 15 y 17.
[19] Roudinesco, E. ¿Por qué el psicoanálisis? La sociedad depresiva, Paidos, pág. 35.
[20] Gallimard, Métapsychologie, 1968, pág. 37
[21] Green, A., La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud ¿Por qué el mal?, Amorrurtu editores, pág. 189
[22] Idem. pág. 196
[23] Green, A., La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud ¿Por qué el mal?, Amorrurtu editores, pág. 203
[24] Freud, S., El problema económico del masoquismo, Amorrortu editores, T.XIX, pág. 165
[25] Idem. pág. 167
[26] Idem. pág. 172
[27] Freud, S., El problema económico del masoquismo, Amorrortu editores, T.XIX, pág. 175
[28] Green, A., La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud ¿Por qué el mal?, Amorrurtu editores, pág. 208
[29] Idem. pág. 209 y 210